A propósito de la Revolución

Prohibido ser campesino

Mientras Pancho Villa, eufórico cuatrero, incendiaba el norte de México, Emiliano Zapata, melancólico arriero, encabezaba la revolución del sur.

En todo el país, los campesinos se alzaban en armas:

—La justicia se subió al cielo. Aquí ya no está—decían.

Para bajarla, peleaban.

Qué más remedio.

Al sur, el azúcar reinaba, tras las murallas de sus castillos, y el maíz malvivía en los pedregales. El mercado mundial humillaba al mercadito local, y los usurpadores de la tierra y del agua aconsejaban a sus despojados:

—Siembren en macetas.

Los alzados eran gente de la tierra, no de la guerra, que suspendían la revolución por siembra o por cosecha.

Sentado entre los vecinos que charlaban de gallos y caballos a la sombra de los laureles, Zapata escuchaba mucho y poco decía. Pero este callado logró que la buena nueva de su reforma agraria alborotara las comarcas más lejanas.

Nunca la nación mexicana fue tan cambiada.

Nunca la nación mexicana fue tan castigada por cambiar.

Un millón de muertos. Todos, o casi todos, campesinos, aunque algunos vistieran uniforme militar.

 

Eduardo Galeano, Espejos.

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